'No consigo dormir. Tengo uan mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.'
[Eduardo Galeano_El libro de los abrazos]
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viernes, 2 de octubre de 2009
'La vida profesional/2'
'Tienen el mismo nombre, el mismo apellido. Ocupan la misma casa y calzan los mismos zapatos. Duermen en la misma casa y calzan los mismos zapatos. Duermen en la misma almohada, junto a la misma mujer. CAda mañana, el espejo les devuelve la misma cara. Pero él y él no son la misma persona:
-Y yo, ¡Qué tengo que ver? -dice él, hablando de él, mientras se encoge d ehombros.
-Yo cumplo órdenes - dice, o dice:
-Para eso me pagan.
O dice:
-Si no lo hago yo, lo hace otro.
Que es como decir:
-Yo soy otro.
Ante el odio de la víctima, el verdugo siente estupor, y hasta una cierta sensación de injusticia: al fin y al cabo, él es un funcionario, un simple funcionario que cumple su horario y su tarea. Terminada las agotadora jornada de trabajo, el torturador se lava las manos.
Ahmadou Gherab, que peleó por la independencia de Argelia, me lo contó. Ahmadou fue torturado por un oficial francés durante varios meses. Y cada día, a las seis en punto de la tarde, el torturador se secaba el sudor de la frente, desenchufaba la picana eléctrica y guardaba los demás instrumentos de trabajo. Entonces se sentaba junto al torturado y le hablaba de sus problemas familiares y del ascenso que no llega y lo cara que está la vida. El torturados hablaba de su mujer insufrible y del hijo recién nacidom que no lo había dejado pegar ojo en toda la noche; hablaba contra Orán, esta ciudad de mierda, y contra el hijo de puta del coronel que...
Ahmadou, ensangrentado, temblando de dolor, ardiendo en fiebres, no decía nada.'
[Eduardo Galeano_El libro de los abrazos]
-Y yo, ¡Qué tengo que ver? -dice él, hablando de él, mientras se encoge d ehombros.
-Yo cumplo órdenes - dice, o dice:
-Para eso me pagan.
O dice:
-Si no lo hago yo, lo hace otro.
Que es como decir:
-Yo soy otro.
Ante el odio de la víctima, el verdugo siente estupor, y hasta una cierta sensación de injusticia: al fin y al cabo, él es un funcionario, un simple funcionario que cumple su horario y su tarea. Terminada las agotadora jornada de trabajo, el torturador se lava las manos.
Ahmadou Gherab, que peleó por la independencia de Argelia, me lo contó. Ahmadou fue torturado por un oficial francés durante varios meses. Y cada día, a las seis en punto de la tarde, el torturador se secaba el sudor de la frente, desenchufaba la picana eléctrica y guardaba los demás instrumentos de trabajo. Entonces se sentaba junto al torturado y le hablaba de sus problemas familiares y del ascenso que no llega y lo cara que está la vida. El torturados hablaba de su mujer insufrible y del hijo recién nacidom que no lo había dejado pegar ojo en toda la noche; hablaba contra Orán, esta ciudad de mierda, y contra el hijo de puta del coronel que...
Ahmadou, ensangrentado, temblando de dolor, ardiendo en fiebres, no decía nada.'
[Eduardo Galeano_El libro de los abrazos]
martes, 15 de septiembre de 2009
'Sucedidos/2'
'Antaño don Verídico sembró casas y gentes en torno al boliche El Resorte, para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen, en el pueblo por él nacido.
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto, el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. eran las cartas de amor que el viejito había recibido a lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente, decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al medio día de cada lunes, el viejito se sentaba en lo alto de la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr.
El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano.
Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de alegría de recibir palabras de mujer.'
[Eduardo Galeano_El libro de los abrazos]
Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca.
Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación.
Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa.
Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto, el ataque de las ganzúas.
Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. eran las cartas de amor que el viejito había recibido a lo largo de su larga vida.
Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente, decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana.
Desde entonces, al medio día de cada lunes, el viejito se sentaba en lo alto de la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr.
El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano.
Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de alegría de recibir palabras de mujer.'
[Eduardo Galeano_El libro de los abrazos]
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